….La catástrofe de Morococha (5 de diciembre de 1928)

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Por Gamaniel Blanco Murillo

la catastrofe de MorocochaEl año de 1928 fue un año fatídico. En aquel entonces, radicaba en Morococha nuestro inolvidable maestro y mártir obrero, Gamaniel Blanco Murillo quien, a través del quincenario LABOR, hizo conocer la verdad sobre la desgraciada catástrofe minera del lugar que arrojó 28 muertos y sin número de heridos. Aquel informe decía:

“Como en los diversos diarios de la prensa capitalina se han dado a la publicidad informaciones oficiales y periodística inexactas acerca de la catástrofe ocurrida en este lugar el 5 de diciembre de 1928, no sabemos si inocente o deliberadamente; nos permitimos dirigir al quincenario de su dirección con el objeto de esclarecer algunos hechos que quieren ocultarse sobre las verdaderas causas que dieron origen al lamentable suceso”.

“Hace un mes, más o menos, que se había abierto una grieta en dirección a los stops de la mina “Yankee”, es decir, en la superficie…

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La picadura (creepy pasta)

Andrea y Juan disfrutaban de una maravillosa luna de miel en las paradisiacas playas de Vietnam. Estaban alojados en un complejo turístico de lo más exclusivo: con playas de arena blanca, aguas cristalinas y a pocos metros de la jungla. Era uno de los pocos lujos que se habían podido permitir al celebrar su boda pues en estos tiempos de crisis, más que nunca, había que tratar de ahorrar o los gastos de la boda se podían disparar. Pero los padres de ella habían insistido y asumido más de la mitad del precio del viaje, por lo que Juan y Andrea se aventuraron a cumplir su sueño de viajar a Asia y disfrutar de las que serían las mejores vacaciones de su vida.
Los días transcurrían a toda velocidad, como suele suceder siempre que uno se divierte, y no podían haber imaginado un destino mejor, vivían a cuerpo de rey sin tener que pagar nada. La “pulserita” que habían contratado con el pack de alojamiento les daba derecho a comer, beber y entrar en todos las discotecas totalmente gratis. Era un sueño hecho realidad del que dentro de poco tendrían que despertar para volver a su monótona rutina de trabajo en la ciudad.

Cuando quedaban sólo dos días para tener que regresar, se hicieron amigos de un guía local que les prometió llevarles a una cascada que pocos turistas llegaban a conocer. El viaje no era muy largo pero debían adentrarse en la jungla a pie, una caminata de unos veinte minutos cruzando la frondosa selva. La mañana siguiente salieron junto al guía que con un machete en la mano iba abriendo camino entre lianas, hojas del tamaño de un paraguas y la vegetación más exótica y espectacular que los recién casados habían visto nunca.

Pero no todo era idílico, los mosquitos eran realmente insistentes e incluso con el cuerpo “bañado” en repelente siempre había alguno lo suficientemente voraz como para atreverse a picarles. El guía les ofreció un ungüento local que a todas luces fue mucho más efectivo que el repelente que habían comprado en la farmacia, olía a rayos pero ni un solo insecto les molestó desde que lo usaron.

Al llegar a la cascada Andrea y Juan se quedaron con la boca abierta por la belleza del lugar, una pequeña laguna con el agua más limpia que habían visto era adornada por una caída de agua de unos cuatro metros de altura. El canto de los pájaros, la selva rodeándoles en todas direcciones y un cielo con el azul más intenso que podían imaginar… era lo más parecido al paraíso que habían conocido.

El guía les dijo que regresaría en un par de horas, les aconsejó que no se alejaran del lugar, pues la selva podía ser muy peligrosa y era muy fácil perderse. No quería molestarles en su último día, mucho menos cuando estaban recién casados y, la verdad, es que ellos también preferían estar solos. Situaron sus toallas y bolsas al lado de la laguna y comenzaron a juguetear en el agua, nadaban, se reían y se besaban sabiendo que probablemente sería la última vez que estuvieran en un lugar como ese.

Media hora después, cansados de tanto juego decidieron comer y descansar sobre la toalla y, casi sin darse cuenta, Andrea se quedó medio dormida, pero un fuerte pinchazo en el cuello la despertó de su sueño… De un manotazo apartó un bicho negro que rápidamente se metió entre la vegetación sin que la mujer tuviera tiempo de ver qué era.

Juan le examinó el cuello y vio una pequeña marca que había enrojecido la zona. Extendió nuevamente el ungüento que les había dado su guía sobre el cuerpo de su mujer y pensó que había sido un descuido no volverse a proteger de los insectos después de bañarse. No le dieron más importancia al tema porque la picadura no molestaba demasiado y en pocos minutos llegó el guía a recogerles. Les enseñó un par de lugares más por las inmediaciones y les acompañó al hotel donde por desgracia tuvieron que comenzar a preparar las maletas.

Al día siguiente y con mucha tristeza tuvieron que embarcarse de nuevo a casa, un viaje en avión tan largo y pesado que a mitad del vuelo ya se habían acabado de leer las revistas que habían comprado. Por suerte consiguieron dormir unas cuantas horas y el tiempo pasó un poco más rápido.

En el aeropuerto esperaban las familias de ambos y todos fueron a comer a la casa de los recién casados, donde entre risas y bromas contaban las anécdotas que les habían sucedido y enseñaban fotos y vídeos de su luna de miel.

Andrea sentía un leve picor en el lugar de la picadura, pero no fue hasta una semana después que comenzó a hincharse y se puso de un rojo casi carmesí. El picor se había convertido en dolor y casi no podía ni tocar la zona, sentía fuertes punzadas cuando la trataba de apretar.

Sin dudarlo Juan llevó a su mujer al médico, quien les dijo que parecía que Andrea tenía una fuerte infección en la zona. Avisó a una enfermera para que le trajera su material quirúrgico y les explicó que sería preciso practicar una incisión para dejar que brotara el pus y por supuesto comenzar con curas en la zona, además debería tomar un antibiótico al menos durante siete días.

Andrea era muy miedosa y la idea de que la cortara en el cuello con un bisturí le daba auténtico pavor, pero una frase del médico la paralizó de inmediato: “si no te estás quieta, corres el riesgo de que te corte en la yugular”. Inmóvil por el miedo, sintió como el doctor comenzaba a abrir la zona. Pero algo imprevisto sucedió… el doctor pegó un salto hacia atrás al realizar el corte y en sus ojos se pudo ver auténtico terror.

Andrea sentía como la sangre se deslizaba por su cuello, pero había algo más, podía notar algo que parecía subirle hacia la boca ¿Cómo era posible que la sangre subiera y se extendiera por todo su cuello y hacia su nuca? ¿Por qué el médico se mantenía a distancia?

Segundos después la enfermera entró de nuevo en la sala, había salido a petición del doctor para traer más gasas, al mirar el cuello de Andrea comenzó a gritar desesperada y salió de la habitación pegando un fuerte portazo

En un movimiento reflejo se llevó la mano al cuello y pudo notar como lo que ella pensaba que era sangre le comenzaba a trepar sobre sus dedos. Al mirar su mano se bloqueó del miedo antes de desmayarse del susto ¡Decenas de pequeñas arañas manchadas de sangre y pus se movían desesperadas entre sus dedos y muchas más trataban de escapar por el agujero recién abierto en su cuello!

10 frase filosóficas pronunciadas por grandes filósofos

Citas célebres de los mejores pensadores, filósofos y escritores de la Historia.

A lo largo de los siglos, los grandes filósofos como Aristóteles o Sócrates han dejado frases para la historia. Frases que, aunque sean de otros tiempos, aún nos inspiran gracias a su gran mensaje.

Las mejores frases filosóficas

En el texto de hoy hemos recopilado la mejores frases de los más célebres filósofos de la historia, para que os permitan reflexionar sobre distintos temas: la felicidad, la libertad, el amor, la vida,… ¡Así que no te las pierdas y aplícalas a tu vida!

1. La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil es hablar mal de los demás (Tales de Mileto)

Resulta complicado reflexionar sobre nosotros mismos y conocernos porque siempre cuesta menos buscar los defectos en los demás. Para crecer como personas y para ser felices es necesario el autoconocimiento.

2. En general, las nueve décimas partes de nuestra felicidad se fundamentan en la salud (Arthur Schopenhauer)

La salud física y mental determina nuestro grado de felicidad. Por desgracia, esto no siempre depende de nosotros, pues hay enfermedades que nos afectan sin poder hacer mucho al respecto. Aún y así, hay que sacar fuerzas incluso en las peores situaciones.

3. Cuando buscamos a alguien, buscamos en nuestro entorno algo que está dentro de todos (Hermann Hesse)

Una buena reflexión que  alude al juego de espejos que es la búsqueda de reconocimiento externo, en este caso mediante las amistades.

4. Hay quienes se consideran perfectos, pero es sólo porque exigen menos de sí mismos (Hermann Hesse)

El filósofo alemán nos deja esta valiosa reflexión sobre el narcisismo y la autoexigencia.

5. Quienes creen que el dinero lo hace todo terminan haciendo todo por dinero (Voltaire)

El filósofo francés nos sorprende con esta paradoja. Ciertamente, el dinero puede acabar dominándonos.

6. La felicidad no brota de la razón sino de la imaginación (Immanuel Kant)

una magnífica frase filosófica que nos revela la importancia de dejar volar la imaginación.

7. Tan sólo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él (Immanuel Kant)

otra cita célebre del filósofo alemán, en que subraya la trascendencia de la educación.

8. Me he dado cuenta de que la esperanza casi nunca va ligada a la razón; está privada de sensatez, creo que nace del instinto (Vasili Grossman)

El periodista ruso concibe la esperanza como un acto de fe, propio de nuestro «querer ser».

9. La alegría, la emoción o la satisfacción son más importantes en Occidente que en Oriente, donde se aprecia más la calma (Daniel Kahneman).

Una diferencia cultural en la expresión de las emociones que detectó el psicólogo cognitivo norteamericano.

10. El regalo más grande que les puedes dar a los demás es el ejemplo de tu propia vida (Bertolt Brecht)

De nada sirve hablar mucho si las acciones no se corresponden con lo que intentamos comunicar.

EL PERRO DEL INFIERNO (crepi pasta)

Era habitual escuchar ladridos y aullidos venir del parque a diario. Muchos vecinos solían reunirse por las tardes, algunos jugaban con sus hijos y otros hacían ejercicio, y los perros observaban tranquilamente sentados bajo los árboles a que todos se marcharan para ver qué clase de manjares habían dejado atrás.

Había quienes esperaban que el sol se metiera por completo para salir a correr, y se sentían muy bien al estar acompañados por un grupo de fieles guardianes que iban tras ellos, también ejercitándose. Pero esa noche, los corredores estaban completamente solos, el silencio era total, a donde sea que se mirara, no había ningún perro

De pronto en silencio se vio interrumpido por desesperados ladridos, y en un momento eran ya chillidos, los arbustos se movían, y se hizo de nuevo el silencio. Las personas en el parque se impresionaron un poco con aquellos ruidos, la mayoría de ellos se detuvieron…

Observaban de un lado a otro, pero, no aparecía ninguno de los perros, cuando reanudaron su marcha, una agitada respiración invadía todo el parque, se escuchaba por todos lados, acompañada de un leve gruñido, y fue entonces que lo vieron, salir de entre los arbustos, con el hocico lleno de sangre, caminaba lentamente, y cada lámpara a su paso se iba apagando…

Sus pisadas dejaban una marca ardiente en el suelo, y una densa niebla venía detrás de él, un enorme perro negro, de más de metro y medio, no importa que tan buenos hubiesen sido corriendo todas aquellas personas, en ese momento estaban completamente paralizados. El perro se metió entre ellos, les olía todo el cuerpo, salivando…

Cuando todos se sentían perdidos, un chiflido lo llamó hasta su amo, solo se vio salir de entre la niebla una enorme mano cubierta de fuego, que dejó el ambiente impregnado de azufre. Al día siguiente eran menos los perros que se presentaron al banquete diario, y cuando sus ladridos no se escuchan los vecinos del lugar saben que no deben poner un pie en el parque, porque esa noche le toca su paseo, al perro del infierno.

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